Fotos y recuerdos

Unas semanas antes de Telegram-gate, la súbita implosión de la administración del gobe Ricardo Roselló, sentía una necesidad inmensa de hablar con mi madre. El país parecía estar entrando en un momento de crisis, uno en dónde los partidos políticos se presentarían impotentes ante los cambios sociales que la generación del Yo No Me Dejo aclamaba. PNP reventá, siempre tenía un argumento para tratar de justificar su posición, la cual era refutada palabra por palabra por las hijas que en vez de quedarse a su lado se habían pintao pa los Estados Unidos huyéndole a ese mismo pensar que el corazón del rollo Boomer compartía con ella.

Esta mañana me preguntaba que pensaría de la situación. ¿Podríamos tener una conversación entre adultos sobre el tema de residenciar a la cabeza de un sistema corrupto? ¿Estaría dispuesta a conceder que hace falta un cambio, que las protestas no son solo pa los pelús? ¿Se sentaría a discutir con mi padre, un PNP desilucionado, sobre los próximos pasos para el partido? ¿Me cambiaría el tema? Es difícil imaginar que saldría de sus labios, y mucho menos los argumentos que tendría con mi tía, independentista full, quién está que no le cabe el orgullo en el pecho gracias al movimiento revolucionario que sus hijos y nietos enaltecen con su participación.

En una familia de introvertidos, no me debe extrañar que todos estemos pensando lo mismo. ¿Qué pensaría la Coronel si estuviera aquí?

Ya van casi siete meses de su partida y pareciera que fuera ayer que todo estaba de show. Mami llevaba retirada de la Guardia Nacional menos de tres años cuando un diagnóstico inoportuno cambió nuestras vidas permanentemente. No habrían más discusiones filosóficas sobre la estadidad o el Presidente Trump. No volveríamos a escuchar sus cabildeos por ciertas leyes o medidas que al resto de la familia no le hacían sentido por ser muy republicanas y conservadoras para nuestros gustos liberales. Mi hermana y yo le hicimos caso a titi y agarramos un estado y nos fuimos. Todavía es la hora que no entiendo cómo mi progenitora no se montó en un vuelo de ida detrás de nosotras. Hace años largos no tenía más na que buscar allí.

La extraño ridículamente. Lloro cuando veo un comercial en donde familiares y amigos se encuentran y abrazan. Si veo un uniforme militar se me hace un taco en la garganta. Lágrimas se cuelan cuando celebro las buenas noticias de otros. Es como si todo lo bueno estuviese teñido de luto, de tristeza. Es un estado de stasis, lleno de coraje y de pena, donde el tiempo se mueve lentamente y rápidamente a la misma vez. No ayuda que casi nadie me pregunta por ella, o comparten conmigo alguna historia curiosa o inspiradora que me la hiciera más presente, más íntima e interesante. Dependo de lo que mis neuronas han recopilado a través de las décadas para poder determinar cómo reaccionaría al nuevo mundo post-María y #RickyVeteYa. No tengo suficiente información para estar segura de cual sería su posición en relación a la mía.

El duelo te cambia la perspectiva en maneras que los demás nunca comprenderán, mucho menos uno mismo.

A cada rato, una memoria de Facebook o un post de Instagram me transporta a esos días llenos de alegría y felicidad en los cuales nuestra familia gozaba en abundancia; Navidades con lechón asao, viajes internacionales, los cumpleaños, entre otros logros. Sueños hechos realidad por una mujer fajona e independiente. Según la tecnología mejoraba, mis fotografías también evolucionaban, beneficiandome de nuevos ángulos y filtros que hacían las experiencias mas memorables. Las últimas fotos digitales provenían de los celulares de AT&T, dos iPhones y un Samsung (mi S8+), fáciles de accesar a toda hora y en todo momento desde el Cloud de Western Digital enchufado al wi-fi de mi casa en el Pacífico. Son una maldición y una bendición, ya que una gran parte fueron utilizadas en el slide show de la funeraria…

Lo único que me queda de su gran matriarcado son sus diplomas, álbumes de fotos, y dos o tres piezas de ropa que se habían quedado atrás en mi casa esperando su próxima visita. Encontré unas tenis Reebok en una gaveta el domingo pasado, y todavía no me siento cómoda donándolas; como si quedarme con ellas sirviese de prueba contundente de que ella si existió, que no fue un invento de mi imaginación. Todavía me da trabajo comprender que está enterrada en Puerto Rico, mirado al mar desde una loma, y no en el medio de un viaje a China o el fin del mundo como muchas veces nos declaró haría al retirarse.

Un pequeño consuelo es saber que si llamo o escribo a su número de celular, mi prima contestaría inmediatamente, dándome el mismo amor de madre que tanta falta me hace.

No comprendo como superar la incertidumbre que trae no poder deducir exactamente que consejo o mensaje me daría la mujer que me ayudó a convertirme en la persona que soy hoy en día. Tener que conformarme con el recuerdo es una ardua labor que nunca termina, y que a duras penas comienza. Si no fuera porque la escucho cuando me río o la veo en la cara y manerismos de mi hermana, se me haría más fácil aceptar que no está en este plano terrenal. Cuando cada cosa me confirma que lo que pudo ser es mejor que lo que ha sido, me desespero un poco y me deprimo. Poco a poco reconstruyo un retrato de mi madre que me ayude a honrarla sin alterar su esencia a conveniencia del momento.

Quizás algún día podre aferrarme a la idea de que fué mejor así.

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