Navidades Post María

Salgo de Hato Rey con un cuarto de tanque de gasolina, suficiente para llegar a Carolina y virar par de veces. La E de Empty es una sugerencia, y todo buen Boricua sabe que hay par de millas más despúes de que la flecha pase de la marca. Los semáforos a veces funcionan, a veces no, pero ya la gente está tan acostumbrada al caos que el tránsito fluye. Lento, pero fluye. Entre anuncios de radio sobre plantas de electricidas y fiestas de Año Nuevo, llego a la salida hacia San Juan/Bayamón y entro al expreso pensando que la Baldo debe ser una pesadilla. Desafortunadamente a las 2pm todo el mundo va a 45 en zona de 60. 😤 ¿Serán los boquetes en la carretera lo que apacigua el tránsito? En donde vivo se guía a 70 o más, la prisa gringa que hace que uno siempre vaya rápido con o sin dirección.

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De camino a la Baldoriory.

Los escombros en los paseos de la carretera sirven de recuerdo que el país pasó por un aterrador huracán que todavía se siente en el centro de la isla pero en la ciudad ya casi ni se vé, a menos que sepas en donde buscar prueba de los estragos. Para mi, con dos años de ausencia, se ve igual que antes, dilapidado, pobre, con negocios y locales que llevan años vacíos, olvidados por el que nunca compartió en su interior. Lo que era un school y office supply es un lote de ventanas rotas, y la zona industrial, llena de graffiti, me recuerda cuando Puerto Rico lo hacía mejor.

Paso por el aeropuerto y recuerdo como de pequeña siempre quise montarme en los pájaros de metal para ir a visitar tierras extrañas. Lo menos que penasaba era que me iba a graduar de ingeniería y me iría del país a diseñarlos. Volver siempre es una pelea entre la nostalgia y la realidad, más aún con un paisaje tan diferente. Los árboles caídos y/o maltratados por los vientos hurracanados han abierto paso a vistas sin obstrucción. Se ve desde el aeropuerto hasta la montaña; del techo se ven las casas de los vecinos, patios al descubierto. Una vida sin recovecos para esconderse, transparente, donde la pobreza y escasez no se pueden ocultar.

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Vista del patio en Carolina.

Lo trágico es ver como la gente se acostumbran a este nuevo vivir. No hay luz pero por lo menos estamos aquí, saludables y en familia. Los bolsillos de luz prueba de que hasta en la metro las cosas no son como antes. La gente trabaja como puede, come lo que haya, y se chupa las filas y el tapón como si no hubiera alternativa. Quedarse es mostrar fuerza, resiliencia y valentía. El que se vá se pierde la oportunidad de vivir acampando en su propia sala, cargando con lámparas solares el celular para poder comunicarse y escaparse de la realidad por el internet. Es una dicotomía épica, una odisea que será pasada oralmente de tribu en tribu hasta que el próximo temporal Categoría 5 lo “upstage”.

Ser turista en mi propia tierra es una propuesta controversial pues entre lamentos y cuentos de horror no puedo hacer nada más que darle aliento al que se tiene que quedar bregando la crisis. Yo me voy de regreso a Estados Unidos y los dejó en el revulú con la esperanza de que las cosas mejoren exponencialmente. Quizás tengamos suerte y entre las Medallas y lechón asado de la Navidad surgieron ideas nuevas para levantar al país. El 2018 empieza cuesta arriba, sin la luz de alante y con vacas flacas. Con todo y eso el pueblo no se quita. Boricua guerreros a la mil. Respect! 💪👏

¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo a mi Isla del Encanto!

Hasta la próxima…

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